Amanece un día frío y ventoso con algo de lluvia. Somos los últimos en abandonar el albergue y nos ponemos en marcha a las 9:30.
Retomamos la subida al puerto que empezamos ayer, pero a partir de Rabanal la pendiente es más pronunciada. Subimos a buen ritmo, yo menos sobrado que Inés, mi compañera de viaje argentina que está en mejor forma que yo.
Paramos brevemente en Foncebadón para que nos sellen la credencial (hoy hemos recopilado bastantes sellos) y continuamos el ascenso hasta la Cruz de Ferro.
La tradición dice que hay que traer una piedra y dejarla al pie de la cruz, yo de hecho he traído una piedra que cogí en una de las primeras etapas, pero por no buscarla en las alforjas, no la dejo. Por cierto, que mal me organizo con las alforjas cada vez que necesito sacar algo lío un follón que parezco Pepe Villuela o Mr. Bean.
En la cruz hay parados un montón de ciclistas en particular dos madrileños y dos argentinos con los que luego vamos a ir coincidiendo a menudo.
Cuando nos ponemos en marcha de nuevo empieza a llover con más fuerza, y un poco antes de comenzar el descenso paramos en el curioso albergue de Manjarin para sellar la credencial de nuevo.
Al poco de comenzar la bajada el tiempo mejora de forma radical, deja de llover, sube la temperatura y sale el sol, con lo que el descenso de 900 m de desnivel se convierte en una delicia: una carretera con poco tráfico, con curvas, y un bonito paisaje.
Paramos en Molinaseca y nos encontramos de nuevo con ciclistas comentando la bajada.
Tras un tramo de subida comenzamos la bajada a Porferrada. Allí nos pasamos por el albergue municipal y por el punto de información al peregrino donde volvemos a coincidir con los ciclistas argentinos y alguno más.
Visitamos el castillo, que esté día sale gratis y tras un pequeño recorrido por la zona vieja de la ciudad, compramos algo de comida y comemos algo antes de continuar.
El último tramo hasta Villafranca del Bierzo se complica al final en unos caminos entre viñedos con subidas y bajadas que al final de la etapa se hacen duras.
Justo cuando estamos llegando al Villafranca comienza a llover y nos metemos en el Albergue Municipal, que como todos los que hemos visitado hasta ahora está muy bien. En éste hasta nos hay dado unas sábanas y fundas de almohada deshechables.
Tras una ducha y un rato de descanso vamos a dar una vuelta por el pueblo en bici y nos encontramos a los dos madrileños y a los dos argentinos, que están hospedados en el mismo albergue.
Visitamos la colegiata, paseamos por el río y cenamos un menú del peregrino en una de las terrazas del pueblo.






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